Historias
CARLOS GAYOL
Clavó sus uñas en el barro y comenzó a cavar con la desesperación de un condenado en las mazmorras del infierno. La letras esculpidas en piedra hablaban: SOLEDAD MARTÍN DE GAYOL – R.I.P. […]
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Clavó sus uñas en el barro y comenzó a cavar con la desesperación de un condenado en las mazmorras del infierno. La letras esculpidas en piedra hablaban: SOLEDAD MARTÍN DE GAYOL – R.I.P. […]
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CARLOS GAYOL
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La irisada mosca se posó en la gris celosía del confesionario. CARLOS GAYOL. Ave María Purísima. PADRE YANKE. Sin pecado concebida. CARLOS GAYOL. He vuelto a pecar, padre. PADRE YANKE. No, no, no… yo no puedo escucharte otra vez en confesión, hijo. CARLOS GAYOL. Será la última vez, se lo
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La irisada mosca se posó en la gris celosía del confesionario. -Ave María Purísima. -Sin pecado concebida. -He vuelto a pecar, padre. -No, no, no… yo no puedo escucharte otra vez en confesión, hijo. -Será la última vez, se lo juro, padre, he decidido reformarme. -… -¿Padre? ¿Padre? ¿Está bien? -¿Eh?
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El Padre Yanke era gris. Su nombre era gris. Su cara era gris. Su pelo era gris. Su cabeza era gris. Sus gruesas gafas de culo de vaso eran grises. Su orondo cuerpo era gris. Su roída chaquetilla de lana -sobre su gris sotana- era gris. Su adocenado sermón era
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Todo -excepto Carlos Gayol, su cromático feligrés, contrito pecador y confesante reincidente- era gris. Gayol era una mosca negra en el vaso de leche agrisada del Padre Yanke, el cebo irisado de un triste y apagado pescador, de un pastor de grises y anodinos corderos modorros que pastaban en su
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No sé cómo has llegado hasta aquí, pero has conseguido cabrear al servidor.
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Saludó con la mano a su viejo vecino que en ese momento parecía haberse quedado petrificado sobre la mecedora. Para ir a la iglesia tenía que cruzar el bosque. Su propósito era firme. Sabía que esto sería especialmente difícil pero no podía dejarse vencer al primer intento. Recorrió el trecho
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Entró a su casa con la celeridad que le permitían sus reumáticos huesos y sin cerrar la puerta se quedó oculto en la penumbra de la entrada. Gayol no le dió ninguna importancia, era de esperar que aquel viejo chocho, que era su vecino desde hacía veinte años -cuando llegó
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Duque arrastraba sus pantuflas y su mirada por el suelo. Tambaleante a cada paso, salió al porche y se sentó en la mecedora. Las nubes pasaban veloces sobre un terso cielo azul que contrastaba con las costrosas arrugas del viejo. Sus labios hundidos a causa de su falta de dentadura
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Era extraño que hoy no saliera a buscar una víctima. Esas preciosas muchachas a las que había visto morir suplicando, condenadas por su poderosa mano, estaban hoy a salvo. Salió de la cocina con la boca chorreando grasa. El jardín empezaba a cubrirse de hojas secas. Unas enérgicas inspiraciones le
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He rescatado de la Biblioteca de Babel un famosísimo cuento que su autor perdió en un naufragio. El problema es que sus frases están arbitrariamente ordenadas de forma alfabética. Las combinaciones, variaciones o permutaciones* de las frases de este cuento dan lugar a la inimaginable cifra del título de este