Las montañas

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Las montañas

Las montañas son olas atónitas

Las montañas, en su inmovilidad solemne, parecen olas sorprendidas en el instante preciso de un hechizo. Alguna fuerza ancestral, un conjuro olvidado, las detuvo justo cuando alzaban su furia hacia el cielo. Se erigen con la misma tensión contenida de un océano embravecido que, de repente, ha sido congelado en el tiempo.

Cada pico es una cresta que nunca llegó a romperse, un rugido que quedó atrapado en el silencio de la roca. El viento, como un eco lejano del mar, las acaricia, susurrando historias de cuando eran agua y se movían al compás de las mareas. Pero ahora son inmóviles, guardianas de un secreto que la humanidad apenas sospecha.

A veces, en las noches despejadas, cuando las estrellas reflejan su brillo sobre las cimas nevadas, parece que las montañas recuerdan su origen líquido. En el susurro de los arroyos que nacen de sus entrañas, se escucha la nostalgia de los océanos. Pero son prisioneras de su asombro, condenadas a observar la eternidad sin poder moverse.

Quienes se aventuran a escalarlas, a recorrer sus senderos, no lo saben, pero están pisando el lomo de un oleaje petrificado, navegando sobre un mar que nunca pudo completar su danza. Las montañas, esas olas atónitas, nos recuerdan que incluso lo inmenso puede ser vencido por el tiempo, que incluso el movimiento más poderoso puede quedar suspendido en el aire, convertido en memoria y roca.