El avaro
Había una vez un hombre llamado Avaricius, y desafortunadamente, ese hombre era yo. Fui conocido en el pueblo como el avaro, y no era para menos. Mi obsesión por el dinero y mi afán por acumular riquezas habían consumido mi vida por completo. Era propietario de innumerables tierras y negocios, y mi única meta era aumentar mi fortuna sin importar las consecuencias.
Pero, detrás de mi fachada de riqueza y éxito, tenía una afición secreta y grotesca. En lo más profundo de mi mansión, en una habitación oculta, me entretenía de una manera peculiar: con títeres. Sí, esos pequeños muñecos de madera controlados por hilos, eran mi fuente de diversión y entretenimiento.
En mi retorcida mente, los títeres se convirtieron en una representación de las personas que me rodeaban, seres que podía manipular y controlar a mi antojo. Construí un teatro especialmente diseñado para mis títeres, donde llevaba a cabo mis siniestros juegos. Los vestía con ropajes extravagantes y les daba voces y personalidades distintas.
Mis títeres eran una extensión de mi egoísmo y avaricia. Mediante ellos, me divertía recreando situaciones donde exprimía hasta la última gota de dinero y recursos de aquellos que se cruzaban en mi camino. Los hacía bailar al son de mi risa cruel y retorcida.
Las historias que representaba con mis títeres eran una mezcla de comedia y tragedia, donde el dinero y la ambición eran los protagonistas principales. Era un espectáculo grotesco y macabro, pero para mí, era un reflejo de mi propia realidad.
A medida que el tiempo pasaba, mi obsesión por los títeres se volvía cada vez más enfermiza. Me encontraba perdido en un mundo ficticio donde los hilos que controlaban a mis títeres se confundían con los hilos invisibles que manejaban mi propia existencia. Antes de morir deje escrito mi epitafio:
Esta tierra es mía para siempre.