Cuéntame uno de esos cuentos en que todas las princesas eran daltónicas.
Había una vez un reino donde todas las princesas eran daltónicas. No distinguían los colores como los demás, especialmente el azul. Pero curiosamente, todas, sin excepción, decían haber conocido algún día a un príncipe azul.
—Es alto, valiente, misterioso… ¡y azulísimo! —decía la princesa Aldara suspirando, mirando a un caballero con armadura gris que olía ligeramente a ajo.
—Lo vi entre la niebla —decía otra—, relucía como el cielo de primavera… o como una cortina vieja, nunca lo tengo claro.
El rey estaba desconcertado:
—¿Por qué todas lo ven azul? Ese chico es más bien verde mohoso.
Pero no había manera. Donde el pueblo veía un guardia regular, ellas veían a su príncipe azul. Donde había un mensajero sudado, ellas veían nobleza. Donde había un trovador con acné, veían romance.
La cosa se salió de control cuando todas decidieron fugarse el mismo día con su respectivo “príncipe azul”… que en realidad era: un herrero, un contable, un panadero, un tipo que venía a reparar el techo.